Carta de un amigo a Andrés J. Pino, Presidente de Fonacor
    

                         



Cuando te viene a la cabeza la muerte, piensas que tú y los tuyos estáis “blindados” para esa oscura sombra; un  mal día te das cuenta que no es así, tu mundo se derrumba, y tu vida cambia por completo.

Hubo personas que me preguntaban que porque llamaba a un amigo tan cercano por su apellido; en cierta ocasión, no sé por qué, me dio por llamarlo por su nombre, Andrés, y él, muy enérgicamente, como acostumbraba a hablar me contestó: “¿qué coño te pasa a ti ahora pa´que me llames así?...él era “el Pino”, para toda su gente. Pino era un tío especial, y sí, ya sé que es un tópico muy utilizado al hablar de alguien que nos deja, pero todos los que lo conocisteis, sabéis que es cierto. El era un tipo alternativo, alejado de las masas y convencionalismos, no le gustaban los protocolos, los cultos, huía de las apariencias y etiquetas, era una persona independiente, y pese a que era muy claro a la hora de decir las cosas, era llano, sencillo y muy accesible; pero lo que en verdad hizo a Pino grande, era una particularidad: en su corazón nunca hubo sitio para él rencor. Caía simpático desde el principio.

Aún recuerdo por el año 93, junto a su Derby, cuando la que por entonces era mi novia me lo presentó. Me cayó bien desde primera hora, con su camiseta del Ché y su aire algo transgresor. Se forjó una buena amistad: compartimos nuestra vida, así como varias aficiones, el me enganchó a los videojuegos y yo lo obligaba a acompañarme a mis incursiones campestres, pintamos juntos al óleo, sufrimos juntos con las bicicletas de montaña y me aleccionaba, como buen cinéfilo que era por aquel entonces, de las películas que debía ver. Disfrutamos sus mejores momentos y padecimos los “menos buenos”. Junto a nuestro gran amigo Edu Molina, empezamos en el mundo de la fotografía, y al poco tiempo andábamos perdidos con una buena cámara en las manos y sin saber muy bien cómo utilizarla, haciendo fotos absurdas y ridículas a cualquier araña o bichejo que se acercaba. Fue por entonces que yo conocí Fonacor de la mano de Rafa Tarín, quién más tarde, junto a Carlos Chacón se convirtieran en sus maestros, pero mucho más que eso (algo que siempre les agradeceré), en sus dos grandes amigos y compañeros de aventuras. Aprendió rápido, porque amaba la fotografía y la disfrutaba como pocos, pero además nos divertíamos y reíamos, que era lo más importante, siempre robando un tiempecillo a su otra gran pasión, su querida Ana y sus dos princesitas como él las llamaba, Andrea y África. Llevábamos poco tiempo, pero él no tuvo ningún problema en integrarse en Fonacor, tanto que cuando la asociación propuso dar un aire nuevo renovando la directiva, bastó que sus amigos le insistiéramos un poco para que se presentara como presidente. No tardó en notarse las ganas e ilusión que ponía en todos los retos que abordaba, y nos vimos inmersos en varios proyectos, siempre apoyados por buenos socios con los que congenió estupendamente.

Últimamente andaba entusiasmado con la fotografía nocturna, haciendo pequeñas maravillas como “paparazzi de las estrellas”. Quizás ellas te hayan cogido cariño Pino, como todos en esta asociación de amigos, como toda la gente que te conoció, y te quieran egoístamente, tener más cerca; aquí, más abajo de donde nos observas, no pasará ni un solo día sin que tu familia tus amigos y compañeros te echen de menos.

Siempre te tendremos presente, en cada salida…en cada instante que capturemos con nuestra cámara. Espero que algún día nos volvamos a ver.



Manu Maestre